"Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí"
Juan 14.6

jueves, 29 de marzo de 2012

Jesús murió lleno de confianza

Jesús no sólo murió verdaderamente, sino que también murió lleno de confianza. Él dijo, «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» (Lucas 23.46). ¿Cuáles fueron las razones de la confianza de Jesús?

La Presencia del Padre
Jesús murió lleno de confianza porque tenía la presencia del Padre. Él dijo «Padre» porque estaba en comunión con su Padre mientras su obra en la cruz se llevaba a cabo. Su grito no fue «Dios mío, Dios mío» porque la oscuridad de la separación había terminado. Qué cosa tan maravillosa es poder mirar al Padre cuando llega la hora de dejar este mundo.
Tres veces en la cruz, Jesús se dirigió a Dios. Su primera declaración desde la cruz fue «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lucas 23.34). Su cuarta declaración, fue «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?» (Mateo 27.46). Y su séptima declaración fue, «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu». Al principio, en la mitad y al final de su sufrimiento, nuestro Señor se dirigió a su Padre.
Vale la pena observar que la Palabra «Padre» estaba frecuentemente en los labios de nuestro Señor. A los doce años, él dijo, «¿no sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar?». En el Sermón del Monte, él usó la palabra «Padre» más de quince veces. En su plática y oración en el aposento alto, nuestro Señor hace mención al Padre cincuenta y tres veces. Esa es una razón por la que él murió confiadamente. Él tenía la certeza de la presencia del Padre.

La Promesa del Padre
Jesús murió lleno de confianza porque tenía también la promesa del Padre. La última declaración de nuestro Señor desde la cruz fue una cita del Salmo 31.5: «En tu mano encomiendo mi espíritu; tú me has redimido, Jehová, Dios de verdad». Este versículo es una oración que los jóvenes judíos usaban cuando se retiraban en la noche. El Salmo 31.5 es una promesa del Antiguo Testamento y Jesús la aplicó a sí mismo. Pero, él cambió la cita agregándole una palabra y omitiendo una frase. Él es el autor de la Palabra, así que tiene ese privilegio. Él agregó la palabra «Padre» y omitió la frase «tú me has redimido, Jehová, Dios de verdad». Jesús nunca había pecado, así que no era necesario para él ser redimido. Cuando murió, nuestro Señor clamó por la promesa de Dios y se encomendó a sí mismo a su Padre. Esa es la única manera de morir.
Las tres oraciones desde la cruz están referidas a las Escrituras. Cuando oró, «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen», él estaba cumpliendo Isaías 53.12 habiendo «orado por los transgresores». Cuando gritó, «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?», estaba citando el Salmo 22.1. Cuando dijo, «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu», estaba citando el Salmo 31.5. Nuestro Señor Jesús vivió según la palabra de Dios. Si vivimos según la palabra de Dios, podemos morir según la palabra de Dios también. ¿Qué certeza tenemos de que nos sentiremos lleno de confianza a la hora de la muerte? La única certeza que tenemos es la palabra de Dios.

La Protección del Padre
Tercero, Jesús tenía la protección del Padre. «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu». Por muchas horas nuestro Señor había estado en las manos de los pecadores. En el Jardín de Getsemaní, él dijo a sus discípulos “el Hijo del hombre es entregado en manos de pecadores” (Mateo 26.45) y las manos de los pecadores lo arrestaron y ataron. Las manos de los pecadores lo golpearon. Las manos de los pecadores le quitaron la ropa. Las manos de los pecadores le pusieron una corona de espinas sobre su cabeza. Las manos de los pecadores lo clavaron a una cruz. Pero, cuando se acercaba el final de su gran obra, Jesucristo no estuvo más en las manos de los pecadores. Él murió confiadamente porque estaba en las manos del Padre. El Padre no lo entregaría en las manos del enemigo. El Salmo 31.15 dice, “en tu mano están mis tiempos. Líbrame de manos de mis enemigos y de mis perseguidores”. El lugar más seguro del mundo es en las manos del Padre.
A menos que Jesucristo regrese para llevar a su pueblo al cielo, cada creyente morirá algún día. La gente muere en la manera en que viven. Quienes viven en pecado, morirán en sus pecados. Quienes viven en Cristo, en Cristo morirán, seguros en las manos del Padre y yendo a la casa del Padre.
Qué increíble es morir confiados y seguros, siendo capaces de decir, «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu». Esta es la herencia de los hijos de Dios.

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