"Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí"
Juan 14.6

jueves, 26 de abril de 2012

Cicatrices de amor

En un día caluroso de verano un niño decidió ir a nadar en la laguna detrás de su casa. Salió corriendo por la puerta trasera, se tiró en el agua y nadaba feliz. No se daba cuenta de que un cocodrilo se le acercaba. Su mamá miraba por la ventana, y vio con horror lo que sucedía.
Enseguida corrió hacia su hijo gritándole lo más fuerte que podía. Oyéndole, el niño se alarmó y viró nadando hacia su mamá. Pero fue demasiado tarde. Desde el muelle la mamá agarró al niño por sus brazos justo cuando el caimán le agarraba sus piernitas. La mujer tiraba determinada, con toda la fuerza de su corazón. El cocodrilo era más fuerte, pero la mamá era mucho más apasionada y su amor no la abandonaba.
Un hombre que escuchó los gritos se apresuró hacia el lugar con una pistola y mató al cocodrilo. El niño sobrevivió y, aunque sus piernas sufrieron bastante, aún pudo llegar a caminar. Cuando salió del trauma, un periodista le preguntó al niño si le quería mostrar las cicatrices de sus pies. El niño levantó la colcha y se las mostró. Pero entonces, con gran orgullo se arremangó las mangas y señalando hacia las cicatrices en sus brazos le dijo:
—Pero las que usted debe ver son estas–. Eran las marcas de las uñas de su mamá que habían presionado con fuerza. –Las tengo porque mamá no me soltó y me salvó la vida.
Nosotros también tenemos las cicatrices de un pasado doloroso. Algunas son causadas por nuestros pecados, pero algunas son la huella de Dios que nos ha sostenido con fuerza para que no caigamos en las garras del mal.
Pablo escribió: “yo llevo en el cuerpo las cicatrices de Jesús” (Gálatas 6.17). Él llevaba en su cuerpo las cicatrices de las persecuciones que padeció por el nombre de Cristo (1 Corintios 4.11; 2 Corintios 4.10-11; 6.5, 9; 11.24-25). Muchas de las persecuciones que el apóstol sufrió fueron causadas por los judíos que no querían que él predicase la cruz de Cristo.
Como cristianos podemos preguntarnos, todos los días, si nuestras cicatrices están en nuestros cuerpos, mentes o circunstancias por causa de complacer la carne o por causa del evangelio de Cristo. Las cicatrices en el cuerpo de Cristo son las marcas de su amor por nosotros.

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