"Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí"
Juan 14.6

viernes, 13 de abril de 2012

La felicidad, ¿una capacidad personal?

Leí ayer una nota que llevaba como título: “La felicidad es una capacidad personal que hay que ejercitar”. Cuenta el artículo que el monje budista Matthieu Ricard, la religiosa Lucía Caram y el fundador de la ONG "Sonrisas de Bombay", Jaume Sanllorente, participaron del II Congreso de la Felicidad organizado por Coca-Cola, en el que detallaron las claves de la felicidad. Los tres coincidieron en que la felicidad es una capacidad personal que hay que ejercitar todos los días y que se alcanza de forma plena al darse a los demás de manera altruista.
"Prueba de ello es que podemos estar en un paraíso y ser desgraciados, que hay mucha gente que lo tiene todo para ser feliz y no lo es", dijo Ricard, oficialmente "el hombre más feliz del mundo". Según él mismo explicó en el congreso, la felicidad es un estado mental, una forma de ser y ver la vida, que debe ser trabajada y practicada y que "no funciona si nos preocupamos sólo de nuestra propia felicidad; cumplir el amor altruista es el camino a la felicidad".
Veo las cosas de otra manera. Quien no antepone nada al amor de Dios es una persona feliz, ya que en Dios está nuestra felicidad. La demostración de este principio está en que las cosas creadas no tienen la capacidad de colmar nuestras ansias y deseos. Sólo Dios puede colmar, ya que solo él es perfecto, poderoso, bondadoso y lleno de atributos que serían innumerables y de nunca acabar. Nada podemos hacer en este aspecto, sino por la gracia de Cristo.
Cristo fue el hombre más feliz de todos porque su voluntad estaba en perfecta armonía con el plan divino. Nada interpuso al plan de su Padre celestial y por eso que no sólo en cuanto Dios, sino que también en cuanto hombre fue el más feliz de todos. Cristo fue el hombre más feliz porque no le negó nada a Dios olvidándose de sí mismo preocupándose por los demás. Cristo es el hombre más feliz porque nada antepuso al amor de Dios haciéndose servidor de todos. Cristo es el hombre más feliz porque no le negó nada a su Padre dando su vida en rescate por el género humano cumpliendo con el plan de salvación.
Ahora, al confiar en Cristo, por obra del Espíritu Santo en el corazón, podemos gozar de esa felicidad. No es una capacidad personal, es fruto del Espíritu Santo, dado por Cristo Jesús. Dice el salmista: “Tú has puesto en mi corazón más alegría que en quienes tienen trigo y vino en abundancia. Yo me acuesto tranquilo y me duermo en seguida, pues tú, Señor, me haces vivir confiado” (Salmo 4.7-8). ¡Eso es felicidad!

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