"Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí"
Juan 14.6

jueves, 2 de agosto de 2012

Los de limpio corazón

“Bienaventurados los de limpio corazón, porque verán a Dios” (Mateo 5.8).
Esta pureza del corazón comienza en “un corazón purificado de mala conciencia” o “una conciencia limpiada de las obras de muerte” (Hebreos 10.22; 9.14; y véase Hechos 15.9); y esto también es enseñado en el Antiguo Testamento (Salmo 32.1-2; compárese Romanos 4.5-8). La conciencia así limpiada, el corazón así purificado, poseen luz dentro de sí para ver a Dios. “Si nosotros dijéremos que tenemos comunión con él, y andamos en tinieblas, mentimos, y no hacemos la verdad; mas si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión entre nosotros (él con nosotros, y nosotros con él), y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia”a nosotros que gozamos de su compañerismo, el cual perderíamos sin un continuo limpiamiento—“de todo pecado” (1 Juan 1.6-7). “Cualquiera que permanece en él, no peca; cualquiera que peca, no le ha visto, ni le ha conocido” (1 Juan 3.6); “El que hace mal, no ha visto a Dios” (3 Juan 11). La visión interna explicada de esta manera, y el hombre interior en simpatía con Dios, se miran mutuamente con complacencia y gozo, y “somos transformados de gloria en gloria en la misma semejanza”. Pero la visión plena y beatífica de Dios se reserva para aquel tiempo al cual el salmista alarga su mirada: “Yo en justicia veré su rostro; seré saciado cuando despertare a su semejanza” (Salmo 17.15). Lo verán como él es (1 Juan 3.2). Pero, dice el apóstol, expresando el otro aspecto de esta bienaventuranza: “Seguid la santidad, sin la cual nadie verá al Señor” (Hebreos 12.14).

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