"Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí"
Juan 14.6

lunes, 25 de marzo de 2013

La muerte de Cristo en el Evangelio de Juan (II)

La muerte de Jesucristo, como ya lo mencionamos, es un asunto destacado en San Juan. Podemos encontrar en este Evangelio varios retratos de Jesús.
1. El Cordero sacrificado Al día siguiente, Juan vio a Jesús, que se acercaba a él, y dijo: “¡Miren, ese es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!” (Juan 1.29). Dondequiera que viviera un pecador en todo el ancho mundo, hundiéndose bajo aquella carga demasiado pesada para él, hallará tal pecador en este “Cordero de Dios”, un hombro capaz de llevar el peso.
2. El Templo destruido. “Jesús les contestó: —Destruyan este templo, y en tres días volveré a levantarlo” (Juan 2.19). Habiendo purificado el templo, Jesús dio una señal a los que le pidieron una prueba de su autoridad para actuar: Anunció su muerte por la maldad de los hombres. “Destruyan este templo”, dijo, refiriéndose a su cuerpo, como dándoles permiso para destruirlo. Luego, les anunció su resurrección por su propio poder: “En tres días volveré a levantarlo”, afirmó. Cristo volvió a la vida por su poder al tercer día.
3. La serpiente levantada. Y así como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así también el Hijo del hombre tiene que ser levantado” (Juan 3.14). La acción de Moisés de levantar “la serpiente en el desierto” era un símbolo bien conocido de la provisión divina de vida para su pueblo, pero era también una conexión más profunda con el simbolismo del levantamiento en la cruz, el punto central de la obra del Hijo del Hombre en la tierra. Las palabras “así como” muestran la naturaleza inevitable de la cruz si la vida eterna ha de ser compartida con los creyentes.
4. El Pastor que da la vida. “Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas” (Juan 10.11; ver 10.11-18). El pastor es el dueño de las ovejas y se dedica a ellas. Jesús no solo lleva a cabo una tarea, sino que está dedicado a amarnos e incluso a dar su vida por nosotros.
5. La semilla plantada. “Les aseguro que si el grano de trigo al caer en tierra no muere, queda él solo; pero si muere, da abundante cosecha” (Juan 12.24). Si un grano de trigo no cae en la tierra y muere, no se convertirá en una planta que produzca muchos granos. Jesús debió morir para pagar la pena de nuestro pecado, pero también para mostrar su poder sobre la muerte. Su resurrección prueba que tiene vida eterna. Como Jesús es Dios, puede dar esta misma vida eterna a todo aquel que cree en él.
Esas imágenes dejan en claro que la muerte de Jesús no fue un mero accidente, sino un compromiso determinado por Dios. Estrictamente hablando, Jesús no fue asesinado; antes, entregó su vida por nosotros de un modo voluntario. Su muerte fue una expiación, no un ejemplo. En la cruz él consumó, de hecho, la obra de redención.

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