"Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí"
Juan 14.6

miércoles, 17 de julio de 2013

Un día en la vida de Jesús (I)

“Entraron en Capernaúm, y el sábado entró Jesús en la sinagoga y comenzó a enseñar. Y se admiraban de su doctrina, porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas. Pero había en la sinagoga de ellos un hombre con espíritu impuro, que gritó: -¡Ah! ¿Qué tienes con nosotros, Jesús nazareno? ¿Has venido a destruirnos? Sé quién eres: el Santo de Dios. Entonces Jesús lo reprendió, diciendo: -¡Cállate y sal de él! Y el espíritu impuro, sacudiéndolo con violencia y dando un alarido, salió de él. Todos se asombraron, de tal manera que discutían entre sí, diciendo: -¿Qué es esto? ¿Qué nueva doctrina es esta, que con autoridad manda aun a los espíritus impuros, y lo obedecen? Muy pronto se difundió su fama por toda la provincia alrededor de Galilea”. (Marcos 1.21-28).
En Capernaúm, Jesús entró en la sinagoga, y comenzó aquel sábado a enseñar. Los concurrentes advirtieron que no se trataba de un maestro ordinario. Había un verdadero poder en sus palabras, a diferencia de los escribas, que iban recitando mecánicamente. Sus sentencias eran flechas del Omnipotente. Sus lecciones impactaban, convencían y desafiaban. Los escribas eran encargados de una religión de segunda mano. No había irrealidad en la enseñanza del Señor Jesús. Tenía derecho a decir lo que decía, porque vivía lo que enseñaba.
Todo aquel que enseña la palabra de Dios debería hablar con autoridad o no hablar en absoluto. Dice el salmista: «Yo creí, por tanto he hablado» (Salmo 116.10).
En la sinagoga de ellos había un hombre endemoniado. Este demonio es descrito como un espíritu inmundo. Esto significa probablemente que el espíritu manifestaba su presencia llevando al hombre a la impureza física o moral. Esta persona puede llevar a cabo actos sobrenaturales y a menudo se vuelve violenta o blasfema cuando se la confronta con la persona y obra del Señor Jesucristo.
Observemos que el mal espíritu reconoció a Jesús y habló de él como el nazareno y el Santo de Dios. Observemos también el cambio de pronombre, del plural al singular: «¿Qué tenemos que ver contigo…? ¿Has venido a destruirnos? Sé quién eres…». Al principio, el demonio habla como si fuese unido al hombre; luego habla por sí mismo.
Jesús no estaba dispuesto a aceptar el testimonio de un demonio, ni siquiera si era verdadero. Por esta causa, ordenó al espíritu malo, ¡Cállate!, y a renglón seguido que saliese del hombre. Tiene que haber sido un extraño espectáculo ver al hombre agitarse convulsivamente y oír el grito horripilante del demonio al abandonar a su víctima. El milagro causó asombro. Para la gente era cosa nueva y asombrosa que con una mera orden un hombre pudiese sacar un demonio.
Para pensar:
En estos versículos se nos enseña primeramente, lo inútil que es conocer la religión tan sólo intelectualmente. Por dos veces se nos dice que los espíritus inmundos conocen a nuestro Señor. Conocían a Cristo, cuando los escribas no se ocupaban de él y los fariseos no querían aceptarlo; y sin embargo ese conocimiento no les servía para salvarse.
"La vida del cristianismo", dice Lutero, "consiste en pronombres posesivos". Una cosa es decir, "Cristo es un Salvador" y otra muy distinta decir, "Él es mi Salvador y mi Señor". El diablo puede decir lo primero; sólo el verdadero cristiano puede decir lo segundo.
No conozcamos tan solo a Cristo, sino amémoslo reconociendo todos los beneficios que de él hemos recibido, no creamos solamente que es Hijo de Dios y Salvador del mundo, sino regocijémonos en él, y adhirámonos a él de corazón.

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