"Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí"
Juan 14.6

martes, 7 de enero de 2014

Buena tierra

“Y los que fueron sembrados en buena tierra son los que oyen la palabra, la reciben y dan fruto a treinta, a sesenta y a ciento por uno” (Marcos 4.20).

Los de la “buena tierra”, en esta parábola del sembrador, representan a los oyentes con corazones sinceros, receptivos y fructíferos –tales como Natanael (Juan 1.45–51) o Cornelio (Hechos 10.1-2, 44-48), etc. Los distintos grados de productividad mencionados nos recuerdan los grados de fruto o madurez (Juan 15.2-5). La “buena tierra”, o el corazón fructífero, es la representación del cristiano verdadero, pues el fruto –una vida trasformada por la gracia del Señor– es la evidencia de la verdadera salvación (2 Corintios 5.17).
Podemos destacar dos cosas importantes acá:
1. Un corazón fructífero oye y recibe la Palabra de Dios. Lucas dice: Pero la que cayó en buena tierra son los que con corazón bueno y recto retienen la palabra oída” (Lucas 8.15). Esas personas no sólo oyen, pero oyen con el corazón abierto, dispuesto a creer y obedecer lo oído. Esas personas son aquellas que verdaderamente se arrepienten de sus pecados, depositan su confianza en Cristo. Aborrecen y renuncian el pecado. Aman a Cristo y le sirven con fidelidad.
2. Un corazón fructífero produce frutos en diferentes proporciones. Aunque todas las semillas sean fructíferas, no todas producen en la misma proporción. No debemos compararnos con otros, en este sentido. Marcos describe esa producción en orden ascendente: treinta, sesenta y cien por uno; en cambio, Mateo la describe en orden descendente (Mateo 13.8). Lo importante es que, con la ayuda del Espíritu Santo, el creyente da fruto para la gloria de Dios y el bien del prójimo.
¿Cuál es nuestra proporción en la producción de frutos por el amor del Señor?

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