"Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí"
Juan 14.6

miércoles, 22 de enero de 2014

Edificar y plantar

“y en un instante hablaré de esas naciones y de esos reinos, para edificar y para plantar” (Jeremías 18.9).

El Señor limita su acción soberana según sea la respuesta del pueblo al llamado divino. La palabra de Dios es una fuerza dinámica y creadora a través de la cual se realiza su propósito. Jeremías usa repetidamente los verbos “arrancar”, “arruinar” o “destruir” “derribar”, “edificar” y “plantar” para hablar de su obra y la de Dios.
La lección enseñada en Jeremías 18.7-10 fue importante para Judá en su época y es importante para nosotros hoy. El Señor está dispuesto a retirar su ira. Basta que el pueblo se arrepienta de sus caminos pecaminosos y se vuelva hacia Dios, reconociéndolo como único y verdadero. Como ya mencionamos antes, los verbos “arrancar”, “derribar” y “destruir” fueron usados para describir la actividad profética de Jeremías (18.7). Ese mensaje, dirigido especialmente a Judá, significa que el exilio inminente del pueblo pude ser evitado bajo una condición. Si ellos se arrepienten, Dios cambiará la situación. Dice: “Pero si esas naciones se convierten de su maldad contra la cual hablé, yo me arrepentiré del mal que había pensado hacerles” (Jeremías 18.8). Dios dice, “me arrepentiré”, frase que causa cierta confusión, pues Dios no se arrepiente como nosotros, humanos. Lo que él hace es “ablandar” el castigo o dejar de hacer lo que pretendía.
Esa promesa significa que ninguna nación está inevitablemente condenada. Hay una ruta de escape. Para nosotros, individualmente, significa que, mientras vivimos, Dios siempre ofrecerá la posibilidad de que cambiemos nuestra actitud, para que así escapemos del juicio que aguarda a los que se apartan del Señor y pasan a confiar en ídolos.
Dios, en Cristo, quien es el suficiente Salvador está “para edificar y para plantar”. Esto es, perdonar, consolar y salvar.

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