"Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí"
Juan 14.6

jueves, 19 de junio de 2014

¿Para qué nacimos?

El profeta Jeremías se sentía destruido. Debido a la predicación de la palabra de Dios, él fue constantemente perseguido por sus oponentes. Jeremías fue el enemigo número uno del pueblo rebelde de Judá, porque su mensaje denunciaba los pecados de todos y anunciaba la derrota de la nación contra los babilonios. Desde su profunda soledad y tristeza, el profeta se quejó: “¿Para qué salí del vientre?” (Jeremías 20.18).
Ese también es el clamor de los que sufren en este mundo. Cuando la tristeza y el dolor toman nuestra vida, queremos “maldecir” nuestro nacimiento. En algunas situaciones dramáticas, muchos llegan a desear el fin de la vida, y preguntan: “¿Para qué salí del vientre?” o “¿para qué he nacido?”. Creo que es bueno preguntarnos para qué hemos nacido.
Jesús vino al mundo para responder esa pregunta. Él dice que nacimos para ser salvados por él (Lucas 19.10), para ser amados por Dios (Juan 3.16) y ser llenos del Espíritu Santo. Dolor, persecución, dificultades y desgracias ocurrirán durante la vida de todos. Sin embargo, nada nos podrá separar del amor de Dios, que es nuestro por medio de Cristo (Romanos 8.38).
El amor de Dios no depende de quienes somos o de lo que hacemos, sino de quién es Dios y lo que hizo Jesús. Por esta razón, Jeremías fue verdaderamente consolado cuando oyó a Dios diciendo: Pero este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice Jehová: Pondré mi ley en su mente y la escribiré en su corazón; yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo” (Jeremías 31.33). Esta nueva alianza se estableció en la muerte de Cristo, que tomó nuestro lugar en la cruz. Es la obra de Cristo que nos concede el perdón de los pecados y la vida eterna con Dios.
¿Para qué nacimos? La cruz de Cristo es la respuesta. Nacimos para ser parte del nuevo pacto de Dios Todopoderoso, que nos ama incondicionalmente.

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