"Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí"
Juan 14.6

jueves, 26 de junio de 2014

Sed de Dios

Tengo sed de Dios, del Dios de la vida. ¿Cuándo volveré a presentarme ante Dios? (Salmos 42.2).

Este precioso salmo nos presenta figuras muy expresivas de la sed que tiene nuestra alma de la presencia de Dios. Por ejemplo, nos deja ver a un ciervo anhelante, que brama buscando agua. De manera comparativa presenta al alma humana, desfalleciendo de sed por la presencia de Dios, especialmente en esos momentos difíciles cuando el enemigo parece ser más fuerte que nunca y cuando Dios parece estar más callado que nunca.
Pero, es en este momento cuando brota la oración de confianza: ¿Por qué voy a desanimarme? ¿Por qué voy a estar preocupado? Mi esperanza he puesto en Dios, a quien todavía seguiré alabando. ¡Él es mi Dios y Salvador!” (Salmo 42.11).
Derramar el alma en la presencia de Dios es hacer una oración intensa delante del Padre celestial; no es una oración superficial, surge de lo más profundo del corazón.
Martín Lutero, un hombre de gran fe, visitó a Melanchton en una ocasión en que éste se encontraba en estado agonizante. Su muerte parecía tan próxima como inevitable. Entre lamentos, oró Lutero pidiendo a Dios la recuperación física de su más íntimo colaborador. Una exclamación vehemente al final de la oración hizo salir a Melanchton de su estado. Sólo pronunció unas palabras: “Martín, ¿por qué no me dejas partir en paz?”. “No podemos prescindir de ti, Felipe”, fue la respuesta. Lutero, de rodillas junto al lecho del moribundo, continuó orando por espacio de una hora. Después persuadió a su amigo para que comiera una sopa. Éste empezó a mejorar y pronto se restableció totalmente. La explicación la daba Lutero con estas palabras: “Dios me ha devuelto a mi hermano en respuesta directa a mi oración”.
Busca derramar tu corazón y tu alma delante de Dios, en una sincera oración, cada día, preferentemente por la mañana. Si no sabes orar, no te preocupes, simplemente habla con Dios y espera de corazón lo que estás pidiendo, porque al que cree todo le es posible. No cuesta nada levantar los ojos al cielo y en el nombre de Cristo, el único y suficiente Salvador, orar al Padre celestial para pedir y agradecer. No cuesta nada, pero vale mucho.

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